El infierno son los otros (Jean-Paul Sartre)

 

 

Sartre alégrame el día,

con la mirada que levanta

la niebla

abre la puerta al laberinto

y sitúame en el punto

que me pertenece,

el centro instaurado

para apoyar el punzón

fabricante de la circunferencia,

desde esa genuflexión

me figuraré enemigo

amigo a partes iguales

de la muchedumbre

y el individuo,

entre esa pelea compondré

mi personalidad

con el carácter heredado

y abriré en domingo

las contraventanas

a la plaza,

allí estoy, andando

entre la gente

con ese caminar a saltitos

y esa pequeña boca espejismo

riéndome de mi violenta calma,

 

el escenario que contemplo,

gracias Sartre,

es tan poderoso,

que los pequeños sueños

desaparecen entre manadas

de gruñidos,

cuando me fui a acostar

deje pastando una masa

de manos gesticulando,

me saludaban,

yo las despedía.

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Establos de concentración

Establos de concentración

 

El ambiente se sienta de hinojos

confundiendo el origen

de sus pasos,

es tan bifronte

que reúne las miríadas o invenciones

y las sonríe,

para luego llorar

con la fantasía

de un mundo tan bueno y barato

como qué por él vendieron

toda nuestra serenidad,

la contradicción es su ventana

el vástago ardiente que persiguen

comprueba tras el humo que la sangre arde,

arden los ligamentos, arde la palabra

y gimotean los ojos viendo por  bendición última,

la llama,

 

dos mundos iguales y enfrentados

dos banderas enarboladas al futuro

con astas afinadas,

 

sombras que dan sombra

a cuerpos desnudos sin brillo

recorren las calles, son suyas

el reino que siempre fue

renace en espiritual república.

 

Roznan a voz en grito y mano al pecho:

Al sorber el agua de mi mejor tierra

envasada en mi mejor plástico

escarbo en mis mejores prejuicios

para volver sobre mi mejor ombligo

a decirme soy el mejor del establo

pues soy la concentración de mí mismo.

 

Debemos vivir en países de idílica realización personal cuando nos gusta levantar problemas sin haber callado a los antiguos.

Debemos vivir en países de idílica realización personal cuando nos gusta levantar problemas sin haber callado a los antiguos.

 

 

Todos corren al mercado, a la plaza

a danzar bajo las sombras de mástiles,

enrollaron el romanticismo

y se lo están fumando

ríen y sollozan con estremecimientos exagerados,

 

la silla se ofrece como una caléndula

la reina en el interior de una cueva

compra seda a un mercado de plástico,

los pies sobre el cinturón de acero

apoyan su inestabilidad en las vallas

que despliegan los humanos

armados de sentimentalidad,

y el colmo de vulgaridad es la bandera

y el canto amargo con atisbo de violencia

y la rosa que deleita con sus espinas blandas

al arrollador vocerío de la masa hostigada,

 

el trémulo impulso de alguien que camina

y solamente quiere cruzar la calle

sin una posición encontrada con nadie

es mal visto por las hordas

que esperan sus contrarias

apostadas en la ribera,

este alguien se esconde de su no posición

de su anodino caminar al que nada apoya,

necesita doblar la primera esquina

esperar que la pesadilla desaparezca

como no suelen hacerlo las buenas,

abrigarse con su sombra

despeinarse con su aliento

rodearse con su cuerpo

abandonarse a la esperanza,

 

no, no lo consigue,

lo han cercado

no le dejan vivir

en su construcción de subsistencia,

son la brutalidad

el escenario rancio

la esfera quemada

el vino, el puro

la fetidez de lo eterno…

 

El estatus del estado absoluto o de cómo me perdí en el Serengueti

El estatus del estado absoluto o de cómo me perdí en el Serengueti

Se parece esto tanto a los principios del siglo veinte, con todos nosotros cerrando los ojos, y todos ellos aprovechando para dar un pasito como en el juego de un dos tres escondite inglés, coartándonos libertades, y nosotros dejándonos como buenos aborregados y miedosos impostores de humanos que derrochan una vida que se nos dio libre para vulgarizarnos en opiniones, diatribas, imposiciones, tradiciones diversas, imposiciones de toda índole, luchas por territorios que al parecer generan sangre enfrentada a otra sangre, que agrian el carácter hasta convertirlo en un ariete contradictorio pues construye muros, fronteras, líneas en mapas, odios ,miedos, con su más terribles panda de adocenamientos. Lo digo como  lo pienso. Las calles se construyeron para todos, y todos deberíamos poder conversar en ellas, y escuchar, que tampoco hace daño, pero no se debieron idear, para seguir, para dejarse llevar, no son ríos. Nuestros pies, y no el impulso de otros, deberían ser  los verdaderos motores de la rebelión, la justicia, la paz, y la libertad.

Se está construyendo pasito a pasito (véase el síndrome de la rana hervida) un estado con poca autoridad (autoridad no es la palabra, vamos a dejarlo en poco interés) en cuanto a la justicia y la igualdad social, y mucha en cuanto a la destrucción de la libertad individual. Ha ocurrido muchas veces. Por ejemplo: ya en roma cuando veintitrés senadores  asesinaron a Julio Cesar en los Idus de Marzo del año cuarenta y cuatro, la república se desfiguró definitivamente en una dictadura de emperadores, y el pueblo, aunque no todos, lo aplaudió, porque creían ver en esto la esperanza de una vuelta al esplendor de Roma que se estaba barbarizando con tanta influencia de culturas extranjeras. Y Augusto lo consiguió, comenzó una época de esplendor, pero solamente ficticio, pues se perdió en libertad y se ganó en desigualdad, eso sí, Roma durante siglos dio miedo y su poder llegó a ser ilimitado. Justamente fue lo que  causó su caída, su inflexibilidad, y la falta de empatía de los pudientes con el pueblo.

¿Y ahora qué? : Todas esas tradiciones culturales y religiosas que hacen de los años ruedas de molino y no senderos donde inventarse una vida, que nos atan a la edad, a lo que toca, nos coartan todavía más; o esos deportes que nos aíslan de la razón, que construyen una mirada sesgada, que no sirven para divertirse, sino para atesorar rivales, afición muy humana pero poco constructiva.

¿Y cómo desvelar el futuro?: Las personas libres somos como el león del Serengueti, creemos que esta tierra es nuestra, qué gran mentira, es de  los que instauraron la reserva, los que dibujaron los límites, no nos pertenece, siquiera los terrones que pisamos, ni el horizonte que alcanza nuestra vista, sin embargo seguimos viviendo la vida como autómatas programados, buscando el alimento y procurándonos compañía, poco más podemos hacer si no despertamos y advertimos el decorado.

¿Y como no ahondar el pasado?: La libertad no es plena sin  la conciencia y la consciencia, si arriesgar y descubrir nuestras propias verdades. Hoy se necesita muchísima lucha, sin violencia. La calle es nuestra, junto a la vida, son las únicas posesiones verdaderas, echémonos a ella para andar juntos, por separado, en línea recta, o en zigzag, como sea, que la reserva, el Serengueti, se convierta en reserva de lo abúlico, de lo previsible, de la nada y sus bocados en la cara, del pasado, que allí pastoreen la hierba alta los que quieran, que nosotros nos escaparemos para alcanzar  lo que más vale, y no tiene precio, la libertad con todos sus demonios.

Lo que vuelve a pasar

 

La oxidación de la tarde reduce la melancolía. Reacciones instantáneas, expresiones, grietas en la frente.

Se acurrucó bajo el telón bajado del crepúsculo, y ahí quedó durmiendo, hasta un nuevo día. Era una niña coqueta, un poco traviesa, saltarina, a la que gustaba jugar sin tregua, pisaba uno tras otro cada charco que obstruía su camino. Despertó, las legañas, y la niebla nívea, no la dejaron ver el sol. El paño suave que cubre los sueños, filtraba todavía las imágenes aquella mañana. Mañana qué no iba a ser dulce. Levantó la niebla, subiendo la ladera suavemente, como un hada recogiendo su túnica de seda. Desiertos de piedra, volcanes escupiendo, sonaba el viento entre los recovecos de cuevas profundas. Su padre se acerca, su madre mira, golpes que  duelen menos por ser esperados, miedo ya perdido como lo hizo la esperanza. La madre calienta la leche, que se agría esperando labios. El Sol Levantó el telón, el escenario transparente, ninguna sombra se interpone entre esa niña y la mía, lloraría si no fuera por la prisa que me entra por olvidar.

Todo esto pasó ayer, hoy volverá a pasar, y mañana otra vez. Las rocas pintan colores ocres sobre la sábana negra de la noche, la luna tiene la culpa, le gusta iluminar lo oscuro. Alguien tendrá que parar el bucle, la niña no puede romper la mano cobarde, el pensamiento mezquino, la carne mercadeada. Todos seremos culpables, cuando esta niña haya crecido, y mire sin ver la repetición de su historia.

Insomnio

 

 

Dijéramos al levantarnos, entre la neblina naranja de nuestros párpados entreabiertos, que el antojo antojado antes de acostarnos, nos repitió toda la noche, y el sueño confuso de los episodios inconclusos del día anterior nos aterieron en lo profundo. Pero estaríamos mintiendo sin saberlo, pues el frío lo llevábamos dentro, y la duda, el sentido, y la dirección, tampoco nos fueron impuestos. Los ojos nacieron cerrados, los sonidos repiqueteaban lejos, y los olores los arrastraba la brisa. Diríamos mejor, y con más atino, que inventamos la verdad un día que no fue, y todo lo soñamos en una noche de insomnio. Al levantarnos, ahora sin párpados, veríamos un horizonte vertical, en el cielo se dibujarían objetos misteriosos, lenticulares. Nuestra oreja derecha apretada con la tierra, y un grupo de gente llorando por nosotros. Seguiríamos mintiendo, si contásemos como cordones sin atar, las tramas de un destino escrito. Mentiríamos más si contásemos, que la tarde oscureció desplomándose. Al final nos rendimos, sin más, sin lucha, sin consuelo, con lágrimas ajenas, con alas de libélula, con piedras en la garganta. Sonando como un sonajero de lentejas nos acostamos, dormimos, suspiramos. Dijéramos al levantarnos, entre la neblina purpúrea de una pesadilla inconclusa, que el antojo se nos fundió, dispersando la mentira, disolviendo la sombra ambarina, aciaga, de una realidad simple, atolondrada, a la vez que inconclusa…

Cuidado con lo que vendes.

He leído esta mañana que para empezar el año sosteniblemente con relación al transporte lo primero que deberíamos evaluar es vender el coche, es nuestra posesión más vampírica, y si después de meditarlo y barajar otras opciones lo necesitas realmente, cómprate el más pequeño, tienen las mismas prestaciones, te llevan a los mismos lugares y a la misma velocidad, por lo menos a la máxima permitida. Luego he recapacitado un rato para no dejarme llevar por ese entusiasmo ecologista que tan bien podría describirme, he decidido desde este momento pensar científicamente todas las decisiones importantes que deba tomar, y me ha parecido que la persona que ha escrito el artículo llevaba toda la razón del mundo. Miré por la ventana y allí estaba esa cosa que me prometió libertad, por la que estuve pagando ocho años una letra infame, y que me restó poder adquisitivo, claro que sí, si hubiera guardado el dinero que me costó y sigue costándome, cada vez más, habría dado al menos una vuelta al mundo. He confeccionado un cartel de SE VENDE con un folio y un rotulador de subrayar color naranja, debajo he indicado mi número de teléfono, he bajado y con cinta adhesiva lo he pegado por fuera del cristal de atrás. Después he subido a casa y me he parado a observar quien se acercaba. Muchas personas se han dado cuenta del cartel, pero nadie me ha llamado. Me he cansado de esperar, he tenido que salir de casa a hacer un recado. Al subir me he acordado y al mirar por la ventana no estaba mi coche pero el papel yacía sobre la acera, parecía estar vendiéndola con las farolas incluidas y todas esas manchas de procedencias diversas. He llamado a ese número y alguien me ha contestado, no era yo, y eso, he de reconocer que me ha descolocado, le he preguntado qué quién era, me ha dicho con voz masculina muy grave, qué a mí que me importaba, era yo el que había llamado, acto seguido le he inquirido, ¡quiero mi coche!, ¡quiero mi coche sobre todas las cosas!, ha colgado, pero antes de hacerlo me ha soltado, ya es tarde, vendiste tu coche al diablo, es tu vida la que ya no te pertenece…